PANZA EN ND ATENEO

VISCERAL: “ESTA CANCIÓN NO TRAE PAZ”

Por Ma. Antonella Cozzi. Fotos PLAN A.

El guiño intermitente de las luces de las pedaleras eran cómplices de la expectación latente en la atmósfera, y el blanco raso de una pantalla gigante circular, aún sin proyecciones, evocaba reminiscencias pinkfloydeanas a lo P.U.L.S.E . En los extremos del escenario, dos listas de temas que en tamaño equivaldrían (cada una) a tres hojas A4. Pullman, fila 2, asiento 14; desde allí era difícil contar la cantidad de canciones del setlist, pero una cosa era segura: había rock para rato.

¿Alguna vez se preguntaron qué es el rock? Si todavía están leyendo estas líneas, probablemente sí. ¿Alguna vez obtuvieron una respuesta del todo convincente y fundamentada, que mantuvieran vigente a través de los años? Seguramente no. Y lamento decirles que no la van a obtener nunca. Pero esa noche, la del 2 de junio, en ese espacio, la respuesta fue una y fue clara: rock es Panza. De la mano de Sergio Alvarez, Mariana Bianchini, Augusto Urbini y Franco Barroso, el show de Panza en el ND Ateneo refregó en nuestras narices que las teorías que proclaman la muerte del recital como ritual, del público feligrés y del Rock con mayúsculas, no son más que un mito.

A las 21:09 las luces se apagaron y las nubes de hielo seco comenzaron a fundirse con el azul tenue que chocaba contra un MIC en soledad. Alvarez, el primero en entrar en escena, cargó sobre sí una ovación y una sarta de elogiosos epítetos que, pasando por todas sus variantes, comenzaron el repertorio con “¡ídolo!” y culminaron con un acalorado y valiente “¡Papito!”. Una suerte similar corrió el resto de los integrantes de la banda que, al ritmo de la coreada “Bacterias”, inició a su público en un viaje de ida, desenfundando un abanico de sonoridades envolventes y laberínticas.

La lista, que repasó gran parte del último disco triple de Panza, recorrió el sinuoso camino entre las aristas más jocosas de su música y los recovecos más lúgubres. Incluyendo canciones como “Lo mejor y lo peor”, “Electroshock”, “Que me vengan a buscar”, “El amor y las tormentas”, “Big Bang”, “Bienvenido al infierno”, “Final Feliz”, el show avanzó tema tras tema casi sin interrupciones hasta finalizar (32 canciones después del inicio) con el bis “AEIOU o Pequeña muestra de las 120 posibles combinaciones de 5 elementos diferentes” (para el que llamaron al escenario a los ganadores del concurso -organizado por la banda- que propuso armar un audiovisual de tal canción).

La noche contó con la presencia de invitados (los saxofonistas Leo Paganini y Martin Pantyrer, un delirio high speed), solos de batería, de teclado y numerosos solos de guitarra absolutamente incendiarios e “iluminadores”, si nos dejamos guiar por el efecto metafórico de un Alvarez en foco de los reflectores. Sostenida por un Urbini muy Bonham y un Barroso multiinstrumentista, la dupla de base conformó un compacto inquebrantable sobre el que Alvarez y Bianchini pudieron patinar sin derrapar a gusto e piaccere. Sobre líneas de bajo gruesas y presentes, y un manejo de los parches preciso y estridente, la base hizo alquimia entre la tradición rocker “vieja escuela” con elucubraciones rítmicas de alta originalidad, para alejarse rotundamente del kitsch estilístico.

Y si dejamos la descripción de la fuente de fuerza yin del grupo para el final, no es por descortesía: Mariana Bianchini es merecedora de un párrafo aparte. Hipnotizante, inquieta, fresca y sexy, se enroscó en 4 vestuarios diferentes a lo largo del show (que incluyó un traje de mujer lobo y un atuendo look abeja) para dar cátedra sobre cómo ser la mejor performer de rock, combinando enormes cantidades de gracia y talento, pero no sin destapar el lado “Angela Gossow” de todas las féminas presentes en el lugar.

Decir que fue un espectáculo que irradió virtuosismo sería un cliché. Luego de más de treinta temas, pogos en los pasillos, y luego de tanta “música para gritar, para saltar y mandar todo a la mierda”, la conclusión circulaba por el aire sin necesidad de que nadie dijera nada: esa noche tuvo aura, tuvo rock. Esa noche fue hervir en las butacas y sacudir las melenas. Esa noche fue Panza: La Madre de Todos los Picantes.

“Esta canción no trae paz”.

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